Lo que sucedió cuando decidimos ser papás

by / Comentarios Desactivados en Lo que sucedió cuando decidimos ser papás / 39 View / 13 junio, 2017

En realidad, fuera de todo lo socialmente correcto que un padre debería decir, el momento en el que te enteras que vas a ser papá es una mezcla de emociones encontradas, estás completamente feliz porque llegará una personita a tu familia, pero empieza la libreta mental a registrar todo lo que necesitas y necesitarás y te das cuenta de que no tienes ni idea de lo que viene, ni cómo enfrentarlo.

Desde el momento en que tu esposa te dice “vas a ser papá”, empieza a cambiar todo, los primeros tres meses de cuidados especiales, por miedo a que las cosas no salgan como las esperas, dejas de hacer algunas actividades que hacías con tu pareja, desde dejar de comer tacos en el puesto de la esquina hasta esas actividades al aire libre que antes eran divertidas y ahora se vuelven arriesgadas e irresponsables.

Por  supuesto, ahora los gastos se deberán dirigir a todas aquellas cosas que crees que va a necesitar tu nuevo bebé y decides pararte en una de esas tiendas dedicadas a productos especializados para éstos… ¡que miedo!, no tenías ni idea de que existen más de cuarenta tipos diferentes de chupones y mamilas y que cada mamila tiene una gama de tetillas descomunal, así que decides llevarte una de cada una, ¿en qué momento se te ocurrió tal cosa?, sigues avanzando por los pasillos y claro, es necesario todo lo que ahí venden, ¿cómo fue que nuestra generación sobrevivió sin tantos artículos?. Por supuesto en la cuenta dejas gran parte de tu quincena… de los próximos seis meses.

Regresas a casa con tres maletas más de las que saliste y te das cuenta de que para ti solo compraste unas gomitas en el aeropuerto, jajajaja, acostumbrateeeeeee, así será de aquí en adelante.

En cuanto sabes el sexo de tu bebé empiezas a fijarte en juguetes (para niñ@), que antes ni por la cabeza te pasaban, te brinca a la vista aquella increíble colección de navajas que tenías en tu recamara dispuestas a exhibir con mucho orgullo, que ahora deberán estar guardadas bajo llave y escondidas.

Empiezan las indirectas de la familia … hijo, ¿qué vas a hacer con esa moto ahora que nazca tu hij@? Y bueno, siempre queda hacerte el loco y decir “en eso estoy”. 

Después  de tanto preparativo y de que ya tienes lavadas y esterilizadas los más de cien tipos diferentes de mamilas, chupones, mamelucos, pañaleros, gorros cobijas, sábanas, etc, por fin llega ese día en el que te dice tu esposa: madres, creo que ya es momento, pones tu cara de noooo, ¿es broma no?…te das cuenta que tu mujer tiene un pequeño dolor en el vientre que hace que te acuerdes con la mirada de cuando un día te dijo “No sé si ya estoy lista para ser madre”, así que te das cuenta de que en realidad “Es el momento”.

Llegas al hospital con la idea en la cabeza de que el bebé ya está saliendo y no tienes idea de que hacer… ja, iluso, todavía faltan unas seis horas más, en las que, como es mi caso, pasaras sentado en un cómodo banquito giratorio de acero inoxidable, deteniendo la mano de tu señora, porque es necesario darle apoyo mientras se contorsiona por el dolor que está sintiendo.

Por fin llega el doctor y te dice, ven, ya es momento cámbiate aquí y yo te llamo para que entres al parto. Entras a una sala llena de doctores durmiendo y el doctor de tu mujer checando las noticias en la tele (oiga…, no debería estar con mi esposa), voltea y te dice: tranquilo, están preparando a su señora. Claroooo, como fui tan tonto… wey soy abogado, no doctor, qué significa que la están preparando (claro , eso no se lo dices, finalmente será él quien tenga un cuchillo en la mano y le cortará la panza a tu mujer, así que no creo que sea prudente importunar a tan agraciado galeno).

Ya en la sala de operación, tu mujer conectada a sendos aparatos dignos de cualquier película de terror, te voltea a ver con cara de… ¿en qué nos metimos?, no dejes que estos weyes me hagan nada… por supuesto tú con tu cara de -no pasa nada mujer-, ellos saben lo que hacen (o eso esperas). Y empieza el show, cuchillo en una mano, pinzas en otra, tres fulanos a su lado deteniendo bandejas, trapos, cauterizadores y sabrá Dios cuantas cosas más, y un gordito bonachón sentado en la cabecera de la mesa de cirugías, el cual asumes es el doctor de la felicidad, es decir el anestesiólogo, aquel que te cambia la cara de sufrimiento por una de gozo gracias a sus cocteles intravenosos de dudosa procedencia.

Por fin ves una cosa redonda que asoma de la panza de tu mujer, sí, es la cabeza de tu bebé, ya se asomó el protagonista de tus futuras preocupaciones, lo envuelven en un trapo azul y le dan unas frotadas como cuando te llenabas de niño la cara de tierra y mamá, con esa delicadeza que las caracteriza, te pasa un suave estropajo por la cara… en ese momento te dan ganas de decirle al doctor que no sea gandaya, que se meta con uno de su tamaño; creo que es normal. Por fin lo tienes en los brazos y te das cuenta que ese pequeño bultito llorón te va a ser la vida increíblemente feliz. Ahora si te van a decir “Papá”